Esta mañana leí en el New York Times sobre la película "The Girl Experience", de Steven Sodeberg.
Uno de los comentarios era sobre cómo retrataba las complejidades de comerciar con sentimientos.
Eso: lo que me hizo doler el corazón ese día que me encontré -indebidamente, por supuesto- dándole tiernos besos a un cliente a través de una nieve de limón, después de haber pasado la comida platicando.
Lo que me tenìa confundida mientras recorría con otro de ellos la exposición de animales fantásticos de Toledo en el Museo Amparo.
Lo que me llenó de culpa tras lograr con varias chicas que uno más vaciara su quinta tarjeta de crédito en un tugurio de carretera.
Lo que me hizo bailarle con intensidad a ese músico que trabajaba en computadoras, yque se puso a aplaudirme tras el segundo passé con que remataba los giros en el tubo con mi boa de plumas.
Lo que me hizo entristecer con aquel veterinario con quien amanecí bebiendo y hablando de su esposa... y así.
Algo que no sólo hacen las acompañantes o "alegradoras", como reivindicaba la querida amiga de quien tomé prestado el que fue la mayor parte del tiempo mi nombre de pista.
Algo que hacen otros también, como los entrenadores personales... o los publicistas.
Me gustaría ver esa película. Tú, ¿verías la mía?